127 Hours ● 2010 ● USA-Reino Unido ● 1h 34min
★★★★

127 horas

Boyle nunca deja indiferente.

De vez en cuando nos salpica en nuestro interior una de esas historias tan increíbles que nos cuesta creer que hayan sucedido realmente. La que Danny Boyle retrata en 127 horas, sin duda es una de esas que, te dejan de piedra al empezar a leer los créditos finales, no te deja indiferente, al menos si realmente te involucras como espectador y sobre todo como ser humano.

127 horas cuenta esa franja de tiempo en la vida del joven Aron Ralston, un chico aventurero que una noche decide salir hacia las lisas y amarillentas montañas del Blue John Canyon, una árida región en el estado de Utah. Tras encontrarse con un par de chicas, Ralston se dispone a bajar una grieta en la montaña cuando una caída deja su antebrazo derecho atrapado entre la pared del socavón y una piedra de enorme tamaño. Desde ese momento, sus intentos de liberar su brazo son inútiles y lo más preocupante es que tiene el agua y los alimentos contados. Menos de 127 horas bastaron a Ralston para tomar una drástica decisión.

127 horas nos devuelve al Danny Boyle más intenso que hemos visto. Ni siquiera su cinta Trainspotting (1996) es comparable (a nivel de historia, se refiere) con lo que nos cuenta en esta ocasión. Casi obsesionado por la conducta humana sin precedentes, Boyle no se mantiene en ningún momento al margen de la extraordinaria historia que está contando, y tomando como base el propio libro de Ralston (“Entre la espada y la pared”) se decanta por un relato sobrio, efectivo y en ocasiones un tanto duro.

A primera vista, uno puede pensar que podría ser algo tedioso y monótono el relatar este acontecimiento sin apenas mover la cámara, al fin y al cabo estamos en un espacio cerrado y con un sólo personaje. Contar todo desde un único e imprescindible punto de vista hará que, seguramente, muchos se planteen ver 127 horas. Nada más lejos de ese juicio inicial, puesto que Boyle se ha encargado de adornar muy bien el resto del relato.

Durante aquel periplo Ralston sufrió unas cuantas dificultades, bastante bien reflejadas en la película. Pasando por visiones sobre su familia y hasta incluso sobre su futuro, en donde se veía casado y con un niño. Todo un conjunto de imágenes oníricas que vienen a configurar también, de alguna forma, la personalidad de Ralston, un joven inquieto, aventurero e impulsivo, pero con ciertos valores conservadores.

Pero la parte más importante la recibe James Franco, que se enfrentaba al desafío más importante de su pequeña carrera como actor conocido. Podemos decir que ha sabido estar a la altura de lo exigido, cosa que no sorprende si echamos un ojo a algunos de sus títulos menos conocidos como Condenado (Michael Caton-Jones, 2002) o Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008). Su nominación no es, seguro, por falta de talento.

Algo en lo que también hacemos especial hincapié a la hora de hablar de 127 horas es en su apartado técnico. La hermosa fotografía de Anthony Dod Mantle (empieza a ser un habitual del cine de Boyle) y el montaje de Jon Harris, se unen en una espléndida combinación de imágenes (rodadas con cámaras digitales) y cortes que consiguen agilizar toda la historia. Quizá un montaje más convencional y no tan “videoclipero” en ciertos momentos, habría retrasado parte de esa energía contenida que tiene 127 horas.

Tampoco deberíamos dejarnos llevar por la impresión, puesto que es más que probable que esta película, sin la historia que conlleva detrás, habría sido algo más ignorada. En ese sentido Boyle ha apostado sobre seguro, metiéndonos todos y cada uno de los detalles de las vivencias de Ralston durante esas horas. Angustiosas, cuanto menos, todo sea dicho. Así pues 127 horas, además de no ser muy apta para todo tipo de espectadores (no sólo por lo duro de ciertos momentos) requiere cierta paciencia para verla. No nos referimos a su ritmo, en ese aspecto Boyle y su equipo han hecho una espléndida labor y en ningún momento notamos cierto desánimo en la trama. Requiere paciencia para contemplar cada elemento que nos propone, cada imagen, cada sueño de Ralston, cada visión de lo que una mente en estado de shock, desesperada (hasta el punto en grabar su supuesta fecha de muerte en una roca) y prácticamente abocada a su fin… todo un conjunto que nos marca por dentro.