Baby Driver ● 2017 ● Reino Unido-USA ● 1h 52min
★★★★★

Baby Driver

Un thriller bastante clásico, hecho con un poco más de gusto.

La filmografía del británico Edgar Wright es de todo menos “monotemática”, de eso no hay duda. Tan pronto se atreve con la ciencia ficción, la comedia, el terror y ahora con la acción y los robos en una cinta que, sin tener una historia demasiado novedosa, al menos se toma muchas molestias y con todo ello simplemente merecen la pena unas palabras sobre ella.

Baby Driver es una cinta de acción con pequeñas pinceladas de thriller, además bastante clásico, bandas de atracadores donde nadie se fía de nadie, un misterioso jefe que encarga las misiones, una chica, y por supuesto, el prota, aquí con el rostro del joven Ansel Elgort, a quien hemos podido ver en la saga Divergente, en donde ha participado en las tres entregas estrenadas hasta la fecha, o el drama juvenil Bajo la misma estrella (Josh Boone, 2014).

Aquí, Elgort interpreta a un joven cuya vida es música. Con un problema auditivo, tiene que estar escuchando música casi continuamente. Se gana el pan conduciendo para el misterioso Doc (un siempre eficaz Kevin Spacey), líder de una banda de atracadores. Pero el amor y las ganas de libertad se cruzan en su camino cuando decide intervenir en el último golpe.

Quizá analizando un poco más a fondo Baby Driver (Edgar Wright, 2017) podamos sacar en claro que no es una cinta demasiado original si le quitamos unos cuantos detalles de su envoltorio. Más bien Wright (que también se encarga de la escritura del guión) parece haber perpetrado un simpático y entretenido homenaje a las cintas de atracos, de bandas, todo ello adornado con una selección musical que sin duda es la delicia de los más melómanos, algo parecido a lo que Stephen Frears hizo en la magnífica Alta fidelidad (2000).

Pero quitando ese detalle (importante), la película se queda bastante vacía en cuanto a trama. Baby Driver no tiene un guión con demasiados giros inesperados, con sorpresas e incluso el tratamiento de algunos personajes es bastante deficiente, incluido el de su protagonista (que no sabemos por qué tiene esa habilidad para conducir, o cómo conoce a su “jefe”).

Baby Driver es un hermoso paseo por algunas secuencias espectaculares, con personajes con los que simpatizar rápidamente, pero que termina convirtiéndose básicamente en un “a ver ahora qué escena de persecución se sacan de la manga”, cometiendo un tremendo error. La cinta, en este aspecto tiene partes en las que se empieza a convertir en algo monótono.

A pesar de sus contados problemas de guión, Baby Driver es bastante disfrutable, la presencia de Spacey, Jamie Foxx, Jon Hamm e incluso la del propio Elgort (con el que uno entabla rápidamente una buena relación espectador-personaje aunque no llena precisamente la pantalla), constituyen uno de los principales alicientes para que la película nos resulte interesante. Amen por supuesto, de su cuidada selección musical.

Wright, siempre preocupado por el sonido (y las canciones que acompañan a las imágenes), se desvela como un buen realizador de escenas de acción, algo que innecesariamente parece querer demostrar. Apoyado por el montaje de Jonathan Amos y Paul Machliss (con quien ya había trabajado en otros títulos), la conexión entre las escenas de acción y la música, roza algunas cotas de buen rollo.

Tenemos dos opciones sobre Baby Driver. O bien la vemos con los ojos de un espectador poco exigente, en la que tendremos que dejarnos llevar por sus imágenes (no hay tregua, eso sí); o bien tomamos la cinta de Wright como un enorme videoclip en donde, de forma insistente se nos bombardea con clásicos de varios géneros, con la intención de sumergirnos en la propia cabeza del protagonista, un joven que sigue su propio ritmo.

Quizá si en una coctelera metemos el Drive de Nicolas Winding-Refn, un poco de la saga Transporter y la anteriormente citada Alta fidelidad, seguramente nos hagamos una idea de a qué nos enfrentamos con Baby Driver.