Blood Father ● 2016 ● Francia ● 1h 28min
★★★★★

Blood Father

No es redonda pero nos reencuentra gratamente con Gibson.

Posiblemente la elección como protagonista de Mel Gibson en Blood Father (Jean-François Richet, 2016) no haya sido del todo fruto de una dura negociación entre productores y representante, porque es llamativo que los últimos años en los que ha sido protagonista de diversas situaciones en su vida personal, se relacionan (en cierta forma, cuidado) con lo que le sucede a Link, su personaje en esta cinta austera, efectiva pero sin demasiado donde rascar.

Richet, que se atrevió hace años con la nueva versión de Asalto al distrito 13 de Carpenter, y con las dos entregas de la biografía del gángster galo Mesrine, ha elegido a Gibson como representante de la redención en una película que, sin quererlo, nos atrapa poco a poco con un ritmo bastante gradual en donde casi muerte hasta el apuntador, como se suele decir.

Link (Gibson) es un ex-presidiario que se gana la vida como puede en su caravana, tatuando a la gente. Hace años que su hija (la joven Erin Moriarty, vista en series de televisión como Jessica Jones o True Detective) se fue de casa y desde entonces no ha sabido de ella. Pero un día recibe una llamada y deberá protegerla de unos temibles narcos mexicanos.

El arranque de la cinta es bastante interesante, no da mucha tregua y su ágil guión (del mismo autor que las dos últimas entregas de la saga de Los juegos del hambre) nos coloca enseguida en el punto de mira de la historia.

Los personajes de Blood Father rebosan odio, sociopatía, incluso el bueno de turno, Gibson, por supuesto, no es precisamente ni ha sido, un padre modelo, en el fondo es como un antihéroe que debe luchar, en un momento dado, para deshacer lo que hizo mal.

A fin de cuenta, Blood Father es una película (casi una road-movie) llena de ciertos clichés, sobre todo en sus personajes, llevan siempre algo de culpa, e intentan a través de la propia violencia, resarcirse de los errores pasados. Sí, no es una buena filosofía, pero para eso está Gibson, para tratar de mediar en este aspecto. Fue un mal padre, pero nunca es tarde para cambiarlo.

Pero si con la revisión de la cinta de Carpenter, Richet convirtió aquello en un vacío ejercicio de “tipos sin carisma atrapados en una comisaría” sin importarle lo más mínimo sus conflictos, aquí, aunque intentan enmendar algunos desaciertos similares, la película no termina por ser redonda. Le falta quizá algo más de desarrollo en el personaje de Gibson, cuyas pinceladas son, en algunos momentos, vagas. Pero en definitiva es un personaje al que se le quiere y al que le damos una oportunidad.

Blood Father debería haber contado con un final más amplio, más ambicioso y con más cuerpo. Sólo sin ello, el resto del metraje se queda algo descolgado, con menos aciertos que faltas, pero en general con un sabor bastante agradable, como con ganas de algo más fuerte.

Una película recomendable, entretenida y con condimento. No es, ni de lejos, el mejor Gibson (creo que ya no lo volveremos a ver), pero se agradece bastante su retorno a un cine más común, más de andar por casa.