Gods of Egypt ● 2016 ● USA ● 2h 07min
★★★★

Dioses de Egipto

Resulta víctima de un auténtico barroquismo visual.

La moda de contemporizar la historia por parte de Hollywood no ha desaparecido. Hace unos años Warner lo hacía con las dos entregas de Furia de Titanes (Louis Letterier, 2010) e Ira de Titanes (Jonathan Liebesman, 2012). Otros hechos históricos como la desaparición de Pompeya (con la cinta de Paul W.S. Anderson) o el diluvio universal (con la película de Noé (Darren Aronofsky, 2014)) también se han aprovechado de la técnica actual para narrar hechos históricos.

Pero el principal problema que surgen en este tipo de producciones, radica en su falta de interés y/o de rigor histórico, dejando de lado la veracidad de algunos hechos, situaciones o localizaciones, para dar paso al puro y mero espectáculo. Por otro lado se entiende, ya que el entretenimiento en este tipo de películas, prima por encima de cualquier cosa.

Dios de Egipto es una muestra más de este tipo de cintas, una muestra además de que su director, el egipcio Alex Proyas ha entrado en barrena en una caída artística considerable. Aquel que dirigiese títulos tan interesantes como El cuervo (1994) o Yo, Robot (2004), e incluso la cinta de culto Dark City (1998), no ha conseguido levantar cabeza tras su anterior trabajo, la película de ciencia ficción Señales del futuro (2009), con un siempre recurrido Nicolas Cage.

Aunque la filmografía de Proyas está poblada más de correctas que de obras maestras o películas bastante aceptables, Dioses de Egipto comete numerosos errores tanto de dirección como de guión y no digamos sobre su más que recargado aspecto visual, donde la utilización de efectos digitales resulta apabullante.

El reparto tampoco le hace mucho favor a Dioses de Egipto. Error si se piensa en volver a ver a Gerard Butler en un papel similar al de 300 (Zack Snyder, 2006). Su paseo (es casi un secundario a pesar de la importancia de su personaje) en la película, queda ridiculizado por un guión sobreactuado y con escaso interés.

Proyas ha optado por la televisión como fuente de estrellas para este engendro. Empezando por su protagonista, el actor danés Nicolaj Coster-Waldau, Jaime Lannister en Juego de Tronos o Elodie Young, la nueva Elektra en la serie de Netflix-MARVEL Daredevil. No se trata de grandes estrellas, aunque si que los secundarios Geoffrey Rush o Bryan Brown aportan algo de seriedad a todo este conjunto de despropósitos visuales.

Una estética recargada, una historia muy simple camuflada bajo los dioses egipcios, aventuras con pocas sorpresas o efectos digitales absolutamente… digitales, se combinan en una cinta prescindible, aburrida, con poca chicha y que no hace ningún bien a un Proyas en horas más que bajas.

Sí, en Dioses de Egipto todo funciona (en pantalla, claro), porque todo está pensado. No en vano hablamos de los guionista de otros despropósitos como Drácula. La leyenda jamás contada (Gary Shore, 2014) o El último cazador de brujas (Breck Eisner, 2015), donde también se intenta (y de nuevo no se consigue), mezclar épica e historia, con modernidad.

Cada cosa tiene o tuvo su tiempo, tratar de ponerlo en contexto actual suele resultar desastroso. Si a ésto le sumamos una producción exagerada (¡ojo que hablamos de una cinta que ha costado 140 millones de dólares!) nos podemos acomodar fácilmente y hablar de uno de los fracasos del año.