(Christopher Nolan, 2017)
Dunkirk ● 2017 ● Reino Unido-Holanda-Francia-USA ● 1h 46min
★★★★★

Dunkerque

Un frío relato sobre el miedo a la muerte, a la guerra y al olvido.

Cada estreno de un título de Christopher Nolan supone una ola desatada de admiradores y detractores. Ambas partes debaten de si el británico es el nuevo ídolo del cine, capaz de crear grandes producciones con un estilo visual impactante, en donde siempre es posible encontrar algo más de lo que parece querer mostrar.

Dunkerque, trabajo que sigue a la compleja Interstellar (2014), nos cuenta el episodio histórico que tuvo lugar en 1940 y que constaba de una operación de rescate de más de 300.000 soldados aliados (ingleses, franceses y belgas) sitiados en Francia por el ejército alemán. La conocida como “Operación Dinamo” contó además con la ayuda de los habitantes de la zona que pusieron sus propias embarcaciones pesqueras y de recreo, para sacar de la playa a los soldados.

Vaya por delante que el cine de Nolan nunca ha conseguido emocionarme. Y me refiero a niveles personales. Es un magnífico artista, con una visión cinematográfica muy segura y cada una de sus películas logra absorbernos por completo gracias a la potencia de sus imágenes. Pero las limitaciones de Nolan también son bastante sabidas, y entre ellas figura la de no arrancar prácticamente empatía por sus personajes.

Dunkerque, salvando las enormes licencias que se ha tomado con respecto a los hechos históricos reales, es una cinta bastante contenida con la inteligente intención de situarnos en mitad de aquel conflicto, junto a los jóvenes soldados que, desesperados por volver a su hogar, podían con todo y nunca se paraban a mirar hacia atrás. Es una cinta sobre el miedo.

Lo cierto es que, a nivel técnico la película no tiene prácticamente pegas. Su potencia visual y la forma en la que utiliza el sonido y la machacona música (del también bastante impersonal Hans Zimmer), crean un ambiente oprimido, con la constante sensación de que algo va a suceder, de una constante inseguridad. En este sentido, Nolan lo clava, dotando a las secuencia del gancho necesario para mantener al espectador pegado a la butaca e interesado por cómo se van a desarrollar los acontecimientos.

Pero yerra cuando nos intenta postular junto a los soldados, en una especie de cinta coral, sin un protagonista definido, en donde todos son protagonistas, en donde tampoco se para a detallarnos algo de ellos, algo que permita identificarnos, saber algo mas, en resumen, que permita empatizar con ellos. Hablando claro, nos importa bastante poco lo que le pase a los personajes, y esto, creo que es un lastre bastante importante.

Nolan se deja llevar por el preciosismo, por la belleza (audio)visual, por la potencia de sus imágenes… y se pierde en lo fundamental, conectar emocionalmente con quien le está viendo. Creo que durante toda la película, sólo “sufrí” en un momento concreto, el resto me dio bastante lo mismo. Es esa sensación la que no deja disfrutar completamente de la película.

No es una película para todos los públicos, y no precisamente por la crudeza de sus imágenes (creo recordar que no sale sangre en prácticamente el 98% de la película), sino en su desarrollo, en su ritmo pausado, en su deambular. Dunkerque se toma su tiempo, aunque tampoco es una película que se haga muy pesada.

Kenneth Branagh, Cillian Murphy, Tom Hardy y el gran Mark Rylance (quizá el personaje más memorable de todos), confeccionan el británico reparto de rostros conocidos. Junto a ellos nombres de menor trayectoria pero que, igualmente, transmiten lo necesario para que la cinta funcione.

Dunkerque no es perfecta, pero está claro que Nolan nunca deja indiferente y su particular visión sobre el cine es algo a tener en cuenta. Quizá alguna vez podamos ver que se esconde en el corazón del cineasta.