El guardián invisible

Uno de los mayores “best sellers” de la actual narrativa española, la famosa Trilogía del Baztán, de la escritora vasca Dolores Redondo merecía, sin duda, una adaptación a la altura de lo que sus seguidores y ávidos lectores esperaban. Sin embargo, para los que no hemos leído ninguna de las novelas que componen el tríptico thriller, ver El guardián invisible (Fernando González Molina, 2017) supone una pequeña decepción ante tanta expectación.

Y es que, lejos de compararla con la novela (de la que, seguramente, muchos afirmarán que tan sólo coge algunas pinceladas y de que ésta la supera en muchos aspectos), la película por sí sola, resulta más fallida que otra cosa, pero tiene igualmente algunos detalles interesantes.

Estamos en el valle de Baztán, en Navarra, en el pequeño pueblo de Elizondo. En sus montañas y valles, aparecen los cadáveres de jóvenes desnudas. Amaia Salazar, una joven policía natural del valle, se encargará del caso, un misterioso asesino en serie acecha la zona y ella parece ser la elegida para resolver los crímenes.

La tarea de adaptar la primera novela corre a cargo de Fernando González Molina, un director más acostumbrado a un cine juvenil que a un thriller como éste, pero que parece comprender perfectamente lo que significa adaptar una novela. El guardián invisible es su quinta película y su cuarta adaptación.

Sin embargo, la realización de la película no destaca precisamente. La dirección interpretativa tiene demasiadas carencias para que nos quedemos con algún personaje. Ni siquiera Marta Etura brilla en un papel que no despierta empatía alguna durante todo el metraje, del que podríamos a salvar a un par de secundarios: Elvira Minguez y Pedro Casablanc.

Es importante destacar el hecho de que se haya puesto especial interés en profundizar en el personaje de Marta Etura, dotándolo de un truculento pasado a través de pequeños flashbacks, sin embargo (y aquí entramos en otra tara), la película resulta un poco fatigosa en algunos pasajes.

Da la sensación de que se han querido meter demasiadas cosas en una sola, y el resultado es visible. Retales mal explicados o directamente ni explicados, escenas que no aclaran mucho y que parecen estar metidas por alguna inexplicable razón, personajes con poca profundidad (defecto de serie de muchas adaptaciones literarias)… Un conjunto de pequeños e indigestos defectos, que hacen que El guardián invisible no sea lo cien por cien redonda que debería ser.

Y eso que cuenta con una buena materia prima. Una sólida historia, bien construida (aunque no muy bien contada), con personajes interesantes (pero mal trasladados a la pantalla)… todo ello la podrían haber encumbrado a lo más alto del género en nuestro cine, junto a títulos como Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) o Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016). Sin embargo, la historia y el éxito literario han sobrepasado al director.

En cuanto a su nivel técnico, pocas cosas se la pueden reprochar. Sabe crear atmósfera, personajes oscuros, cada rincón del pueblo parece guardar un oscuro secreto… todo ello con la sempiterna lluvia cayendo lentamente sobre los personajes, recordándoles el pasado que les persigue a pesar de que corran.

El guardián invisible no termina de ser una buena ejecución, a pesar de navegar por el género con cierta destreza. Quizá la falta de experiencia de su director y el atropeyado guión, han lastrado una producción destinada a convertirse en referencia. Posiblemente en un formato más económico y episódico, el tema podría haber salido mucho mejor.