Interstellar ● 2014 ● USA-Reino Unido ● 2h 49min
★★★★★

Interstellar

Compleja, densa y llena de excesos, pero en el fondo interesante.

La curiosa afición de Christopher Nolan por las historias complejas, nunca deja indiferente cuando se trata de trasladarlas al cine, un ambiente en donde imagen y sonido confluyen creando obras que, de una forma u otra, o maravillan o, hablando en plata, apestan. Nolan quizá vagabundea (con estilo) en medio de ambos mares, ya que con una visión muy planificada y particular, consigue arrancar buenas críticas y atraer a detractores acérrimos.

Tras cerrar la trilogía de Batman, quizá sus trabajos más “comerciales”, pero siempre manteniendo su seña, se adentra en el espacio profundo con Interstellar, obra deudora de una ciencia ficción mucho menos espectacular y mas documentada (aunque no es precisamente el fuerte del director en este caso), como por ejemplo, 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), con la que comparte un buen puñado de elementos.

Interstellar nos sitúa en un futuro en la Tierra, donde una extraña plaga está acabando con los recursos y donde la NASA ha ideado el programa Lazarus, cuya finalidad es la de encontrar nuevos planetas que colonizar. Liderando una de las expediciones (la de la nave Endurance) se encuentra un granjero que antaño fue piloto militar. El destino de millones de personas se encuentra, prácticamente, en sus manos.

Vaya por delante que Interstellar no es precisamente una película “para todo el mundo”. Sí, es ciencia ficción (con bastante más ciencia que de costumbre), pero no hay batallas espaciales ni escenas especialmente movidas. Su ritmo está muy bien dosificado, y a pesar de algunos momentos un poco densos (por el guión), una vez entramos en faena, la cinta es bastante amena y disfrutable.

Tanto Nolan (ambos, hermanos, guionistas) como Lee Smith en el montaje, como Hoyte Van Hoytema en la fotografía, e incluso el siempre gélido Hans Zimmer en la música, contribuyen a crear un ambiente y una atmósfera que transmite claramente la sensación de desazón, de búsqueda de una verdadera nueva Tierra. Uno es consciente de que mientras avanza la película en sus más de dos horas, algo grande pasará al final.

Pero como he dicho al principio, el cine de Nolan es un cine de extremo, nunca deja indiferente y aquí el director parece haber estado muy preocupado de que su obra y lo que ha costado (no olvidemos que junta a tres grandes productoras) luzca como nunca. Así, a nivel técnico muy pocas cosas se la pueden reprochar. Es una cinta absolutamente limpia a nivel visual, con una imagen poderosa y en ocasiones espectacular.

Pero quizá su principal lastre resida en el complejo guión, que parece querer abarcar muchas cosas, complicarlas y lanzar un verdadero mensaje de esperanza a la humanidad, de que el amor de un padre por su hija, es lo que todo lo mueve. Sí, quizá el empalago se apodera de algunas escenas, en donde no hay emociones, básicamente, sino actores emocionados (o interpretando a personajes emocionados).

Al margen de ésto, la película deambula durante tres actos, a través de la mirada de su protagonista, Cooper, desolado por la muerte de su mujer y que con la “carga” de sus hijos, su padre y la granja que llevan, parece haberse anclado en una especie de bucle pesimista. Eso si, nunca pierde las ganas de intentar lo que sea.

Interstellar es, por tanto, una cinta compleja (aún sigo tratando de digerir su “happy ending”), y Nolan aunque es un buen artesano y un magnífico director, tiene el defecto de alargar lo innecesario, metiendo escenas que no aportan nada y alargado y “sobre explicando” otras por si acaso hay alguien en la sala con menos luces que un agujero negro.

Esa inexplicable necesidad de querer contar las cosas de la forma más compleja posible cuando se pueden contar de otra manera más sencilla, es quizá lo que enerva a muchos a la hora de hablar de sus trabajos.