Midsommar
★★★★★
Aster no cambia esa fórmula que tan buenos resultados le da.

Midsommar

(Ari Aster, 2019)

Con sólo dos largometrajes, el nombre de Ari Aster se ha asociado rápidamente al nuevo terror cinematográfico. Su primera obra, Hereditary (2018) ya se consolidaba como un drama terrorífico al que se sumaban unas más que notables interpretaciones (del reparto en general). Ahora su segunda cinta, Midsommar (2019) reitera el pulso de Aster para narrar historias terroríficas en donde el drama también es el protagonista.

Midsommar nos traslada a una idílica comunidad en un lugar remoto de Suecia. Allí viajan cuatro amigos para pasar unos días y vivir un curioso festival. Entre ellos la pareja formada por Dani y Christian, que no atraviesan precisamente por una buena época. Lo que parece un paraíso, ideal para partir desde cero, empezará a convertirse en una pesadilla.

Hereditary (2018) tenía un muy buen planteamiento. La dosificación de su ritmo y su más que buena realización (dentro de lo que hay en el género), la hacen destacar por encima del resto. Midsommar tiene esa misma característica. A pesar de ser un relato de terror, comparte con ella el buen gusto, los buenos encuadres y una dirección que sobresale.

Pero si Hereditary caía en su tramo final, alargado innecesariamente y con excesivo egocentrismo por parte de Aster, esta nueva cinta no se libra de lo que ya parece una “marca de la casa”. Y es que Midsommar alarga innecesariamente unas cuantas escenas, y su dilatado final tampoco ayuda a mantener en pie el resto de la historia.

Aster vuelve a apoyarse en un drama familiar (aquí la muerte de la hermana (que sufría trastorno bipolar) y los padres de la protagonista). Ese punto dramático, muy bien transmitido por la actriz Florence Pugh, define al personaje durante toda la película, que trata de huir de un pasado, se siente casi responsable de lo que ha sucedido y trata de buscar una familia, bien partiendo de la relación con su novio, Christian, o relacionándose con más personas, por eso ve en la “comuna” una oportunidad de abrirse más a la sociedad y dejar atrás su atormentado pasado.

Florence Pugh.

El punto de partida de Midsommar es bueno, resulta interesante y engancha. La atmósfera que transmite es aterradora, misteriosa, desasosegante, lisérgica… tiene todos los elementos para convertirse en una trampa mortal.

Pero Aster vuelve a gustarse a si mismo (demasiado) y estira demasiadas veces las escenas con la idea de incomodar más al respetable, cuando a veces un simple plano, es más que suficiente. Esto le juega varias malas pasadas, y en muchas ocasiones queda eclipsado por la técnica, un defecto que alarga innecesariamente la película.

Midsommar es un duro viaje, un viaje intenso hacia la superación, hacia el horror, es un viaje de transformación de la protagonista. Con vagos recuerdos a El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973; posteriormente “remakeada” por Neil LaBute en 2006) en donde también se hablaba de una misteriosa comunidad y en donde el rol de la mujer tenía un poder nunca antes visto, Midsommar no muestra concesiones y si muestra violencia (alguna quizá innecesaria). No es que sea una película demasiado violenta a nivel de imagen, pero a nivel de historia si es un tanto… bruta.

Aster factura una cinta a la que se la pueden poner pocas pegas en su apartado técnico/visual, pero el desarrollo resulta un tanto desordenado; hay partes que no se explican bien, los personajes reaccionan en ocasiones de forma casi infantil.

Su principal baza, el poder meter miedo sin tener que recurrir a los “jump scares”, a la manida oscuridad, a las vísceras constantemente. Aster sabe filmar cine de terror, pero suele tropezar culminando sus obras, porque parece que tiene siempre una necesidad imperiosa de demostrar que es bueno.