Child's Play
★★★★★
Un buen reinicio del personaje a pesar de que no resulta del todo perfecta.

Muñeco diabólico (Child’s Play) (Lars Klevberg, 2019)

A pesar de que el propio Don Mancini (creador del original Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988)) renegó de que esta nueva versión fuera incluida en el “canon” de la saga, los productores decidieron seguir adelante con la idea de iniciar una nueva franquicia. Bien es cierto que la original ha ido de mal en peor, siendo quizá las tres primeras entregas, las más… aceptables dentro de sus limitaciones. La saga ha ido involucionando y del terror se ha pasado más a la comedia, lo que tampoco ha favorecido para que el propio Mancini se involucrase en un proyecto algo más “oficial”.

El encargado de hacerse con el timón de este nuevo Muñeco diabólico es el director noruego Lars Klevberg, prácticamente nuevo tras las cámaras. Con sólo un largometraje en su carrera (Polaroid), pero unos cuantos cortometrajes, consiguió convencer a los productores de sus habilidades para crear tensión, momentos de terror (pocos hay) y sobre todo unos buenos personajes.

Klevbeg hace lo que puede con lo que tiene, y eso ya es mucho decir. Parte de un guión que, aunque mantiene la misma premisa, es decir, muñeco asesino, utiliza nuevas vueltas de tuerca para cambiar partes y elementos de la historia que la convierte en un más que digno reinicio del personaje.

Hacer un calco de la película de Holland, sería absurdo, y hasta quedaría cutre. Todo ha evolucionado en treinta y pico años, y el cine no ha escapado de ello. Y con él, las historias que cuenta. La película lo sabe y por eso la premisa, a pesar de mantenerse, tiene un origen algo más moderno, lo que sin duda le da un buen punto de partida. Y es que los primeros minutos de este Muñeco diabólico (Child’s Play) están bastante bien.

Por otro lado, Klevberg (y por ende el guionista Tyler Burton Smith) le ha dado cierta importancia a los personajes, algo que quizá tanto la cinta original como prácticamente el noventa por ciento del cine de terror que se estrena, no hace. Aquí, al menos los personajes tienen un pequeño trasfondo, tienen cierta profundidad, y no son meras marionetas al servicio de un asesino en miniatura. Aquí se ha buscado algo más, se ha buscado que la historia sea un poco más completa. Incluso si hablamos del propio muñeco, el espectador hasta logra simpatizar con él, sentir cierta lástima.

Gabriel Bateman.

Aunque el equipo artístico no sea precisamente muy conocido, hacen un trabajo digno y correcto, con escasas escenas a destacar, pero con la interesante voz de Mark Hamill como el nuevo Chucky, en la versión original. Su entonación infantilizada pero con mala baba, le da al nuevo muñeco un punto interesante. La cinta además, se aprovecha del tirón de una fórmula, la del grupo de chicos que “investigan” los sucesos, algo que ha puesto de moda la serie Stranger Things, y que han seguido películas como It (Andy Muschietti, 2017) o Verano del 84 (Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell, 2018).

La película además toca varios temas actuales, como el control de las grandes corporaciones sobre los consumidores, habla también sobre cómo nos hemos vuelto un poco “yonquis” de la tecnología y de cómo somos así ya desde pequeños. Ese aspecto tan moderno es de lo que más destacaría de este Muñeco diabólico (Child’s Play).

Hay que comentar que Muñeco diabólico (Child’s Play) es bastante comedida en cuanto a violencia o carnicería se refiere. Hay alguna escena sangrienta, pero en general la película no es demasiado brutal. Quizá genera algo más de tensión que miedo.

Estamos ante un nuevo “reboot” que, manteniendo bastante el espíritu de la cinta original y aportando varios toques de modernidad, funciona bastante bien. Tiene muchos guiños a cintas de los ochenta y del género de terror, y si pudiéramos ponerle alguna pega sería con su tramo final, que resulta algo dilatado y bastante desordenado, pero por lo demás, es una película que quizá se cargue muchos prejuicios. Es una película que hay que estar dispuesto a verla sin compararla, porque su intención no es la del calco.