Rambo: Last Blood
★★★★★
Una entrega mucho más comedida aunque se guarda lo mejor para el final.

Rambo: Last Blood

(Adrian Grunberg, 2019)


Stallone sigue siendo incombustible, aún con todo lo que ha hecho, y lo que parece que tiene pensado seguir haciendo. Fue desde su particular regreso en el 2008 con John Rambo y después con Los mercenarios (2010) cuando su carrera volvió a resurgir, y ya no sólo como actor sino también como director. Ahora nos llega una nueva entrega de la saga del personaje que crease David Morrell (a quien no le ha gustado nada esta cinta, por cierto) quizá con el nivel de exigencia alto. Stallone no decepciona, pero la película no termina de convertirse en un buen regreso.

Tras lo sucedido en la anterior entrega, Rambo vive tranquilamente en su rancho con parte de su familia, entre ellas su sobrina. Pero ésta, obsesionada con conocer a su verdadero padre, que la abandonó, viaja hasta México donde será retenida por una red de prostitución. Rambo deberá ir a rescatarla, enfrentándose a una peligrosa organización criminal liderada por los hermanos Martínez.

Stallone llevaba más de diez años mascando la idea de Rambo: Last Blood, pero diversos proyectos la retrasaron demasiado. Para pulirla se contrata a Matthew Cirulnick, creador de series de televisión como Absentia o South Beach y cuya carrera no es que haya sido muy prolífica. Tras varios borradores de guión, que incluían un desenlace mucho más largo y violento y al que Stallone recortó bastante, finalmente se consigue a Adran Grunberg como director (sí, Stallone no la dirije). La experiencia de Grunberg en cine se fundamenta sobre todo en su dilatada experiencia como ayudante de director (serie de televisión de Narcos, El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004) o Apocalypto (Mel Gibson, 2006).

Lo cierto es que la escasa experiencia como realizador del propio Grunberg (sólo tiene otra película, Vacaciones en el infierno (2012) con Mel Gibson) se deja notar en gran parte del largometraje. Poco riesgo, una puesta en escena simplona y un ritmo con pocas sorpresas es lo que nos depara, así a primera vista, esta Rambo: Last Blood.

Pero se agradece que se mantenga esta estética sucia, y de que todo vaya tan directo como el cine de hace años. No hay mucha dilación dentro del particular “universo” de John Rambo, y aunque desde Rambo: Acorralado – Parte II (George P. Cosmatos, 1985) la saga se ha convertido básicamente en un Rambo contra los malos, aquí se lleva quizá con algo más de tranquilidad. Y es que el listón que el propio Stallone dejó con John Rambo (2008) era bastante complicado de superar y aquí, a pesar de que la historia no requiere quizá tanta carnicería, no parece importarle.

Yvette Monreal y Sylvester Stallone.

Sí que vemos a un Rambo más comedido, más vengativo, incluso más humano, hasta algo más tranquilo (la película hasta tiene un pequeño toque de thriller (muy poco)), rodeado de personajes casi tan planos como él (vemos por ahí a Paz Vega en un rol de poco más de quince minutos y con escasa explicación) pero que resultan efectivos.

Rambo: Last Blood es una clásica película de venganza que, a día de hoy, se puede ver caduca pero que resulta igualmente eficaz y hasta de agradece por el mero hecho de no ser tan “perfecta” y de utilizar muchos recursos técnicos a la hora de plantear espectáculo, cosa que, casi todas las producciones de ahora resuelven con un ordenador.

No es que sea el regreso perfecto, por que la película poco aporta, pero sólo por sus últimos 15-20 minutos, merece la pena verla. El resto, se mezcla entre una especie de telefilme con cierto presupuesto y un Stallone con sempiterna cara de preocupación enfrentándose a unos encomiables Sergio Peris-Mencheta y Óscar Jaenada, sin duda de los mejores villanos de toda la saga (con permiso de Brian Dennehy).

El guión no es que sea precisamente su fuerte. Personajes que actúan de forma poco concisa, con reacciones que no resultan creíbles (la despedida del personaje de la nominada al Oscar, Adriana Barraza es infame)… Los guiones nunca han sido el fuerte de esta saga (salvo el de Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), pero al menos si que exigíamos un mínimo de coherencia.

Rambo: Last Blood no es un nuevo top para el personaje, es una película sencilla, que aporta poco, agradecida y con unos minutos finales de absoluta violencia, que por lo menos no dejan mal sabor de boca tras lo que uno ha visto.