Resident Evil: The Final Chapter ● 2016 ● USA-Alemania-Reino Unido-Japón-Canadá-Sudáfrica-Australia ● 1h 46min
★★★★★

Resident Evil: El capítulo final

No aporta absolutamente nada nuevo a una saga ya gastada.

En la que es ya su cuarta incursión esta saga basada (muy libremente) en los videojuegos de CAPCOM, Paul W.S. Anderson tenía la tarea (parece casi impuesta por él mismo) de cerrar de una vez por todas la ristra de películas en las que Milla Jovovich se las veía y deseaba para salir airosa de las hordas de zombis que poblaban una devastada y árida Tierra.

Pero a tenor de lo visto y a pesar de que todo este montaje impostado y artificial tenga como coletilla “El capítulo final”, que no se entristezcan los seguidores de la saga, porque ésto no parece tampoco terminar nunca (y no he soltado ningún spoiler). Y es que Paul W.S. Anderson sigue empeñado en tratar de crear una monstruosidad compleja llena de personajes, acción y zombis que, intente, llenar un poco las ansias cinematográficas que los seguidores de los videojuegos siempre hemos tenido.

Gracias a un pequeño resumen al principio (por eso de si no has visto ninguna… a estas alturas), nos situamos de nuevo tras los pasos de Alice, el proyecto de soldado perfecto que la Corporación Umbrella creó hace tiempo. Una nueva cura es posible, pero eso significa volver al origen, a Raccoon City, a La Colmena y volverse a enfrentar (otra vez) a Wesker y al doctor Isaacs.

Haciendo gala de lo que parece ser su única actitud hacia el cine de acción, Milla Jovovich vuelve a enfundarse los harapos de cuero como si de un traje supermoderno se tratase y, cuchillo en mano, se dedica a quitarse de enmedio a los no muertos, y de paso a algunos vivos.

La película entretiene como, prácticamente todas las de la saga (algunas más que otras), siempre y cuando uno la siga, y no hablo precisamente de su historia. El estilo, el ritmo, la acción… son elementos ya descubiertos y con los que el director vuelve a juguetear para deleitarnos con más escenas imposibles, inverosímiles y cuasi espectaculares.

No hay trampa ni cartón, que eso sí se agradece. Anderson sabe lo que vende (y nosotros lo que vamos a ver) y como tal, lo anuncia como es. No va a cambiar, a estas alturas, ni un ápice de su particular saga, por mucho que los que no vemos la esencia, queramos que lo haga.

Rescata muy poco del reparto de la accidentada Resident Evil: Venganza (Paul W.S. Anderson, 2012), que a pesar de sus elementos más esenciales de la saga (los personajes del primer videojuego), no funcionó como debería. Tenemos a Ali Larter de nuevo en el rol de la señorita Redfield, en un papel que cada vez más parece estar hecho con retazo de otros personajes y cuya profundidad es igual al grosor de un folio. Su interpretación no es que sea precisamente un ejemplo, pero la actriz protagonista de Destino final (James Wong, 2000) se toma su papel con profesionalidad pero sin llegar a hacerlo en serio. Por momentos parece que ni ella misma se cree que está haciendo.

Los villanos de turno, de nuevo Shawn Roberts e Iain Glen, no dejan lugar a dudas de que la influencia del cine cutre ha dejado huella en estos personajes, auntenticas caricaturas ya no sólo de los originales en los videojuegos (aunque Isaacs parezca ser Birkin), sino como villanos, con situaciones bastante irrisorias (algo que ya pasaba en anteriores entregas).

Como puede verse este Resident Evil: El capítulo final, no nos descubre nada nuevo, vuelve a ser una adaptación agónica de algo que no puede ser, y aunque la intención de Anderson, de cerrar su círculo es loable, sabemos que no será la última. Quizá sí de Anderson, pero no de una saga que, gastada y malograda, debería replantearse seriamente hacia dónde quiere ir realmente y aportar al cine de acción, algo más que diálogos de besugos y tramas poco inteligentes.