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Star Wars: The Rise of Skywalker
(J.J. Abrams, 2019)
★★★★★
Abrams vuelve a tirar de la nostalgia para darnos lo que mejor sabe hacer

Star Wars: El ascenso de Skywalker

Después de nueve títulos repartidos en tres trilogías, estrenadas durante 42 años, y con la venta de Lucasfilm a Disney hace ya un tiempo, ponemos el punto y final a la época Skywalker en el universo Star Wars con este El ascenso de Skywalker, que Disney deja en manos de J.J. Abrams, experto en cine taquillero, de puro entretenimiento y que además inició este final con El despertar de la fuerza (2015).

Esta nueva trilogía se ha centrado, principalmente en dos tramas. Por un lado la del personaje de Rey, interpretado por una correcta Daisy Ridley. Durante las tres películas hemos sido testigos de la búsqueda de los orígenes de un personaje que, aunque ha calado bien entre los seguidores, no superará a cualquiera de los héroes anteriores. La búsqueda de su origen es la búsqueda de la verdad sobre los Jedi, sobre su pasado y sobre su papel en el equilibrio de la galaxia. En el fondo Rey representa lo que muchos quieren saber, ¿qué son los Jedi?

Y por otro lado tenemos la trama sobre la Primera Orden, una especie de nuevo ejército armado formado por resquicios del imperio y al mando de tres cerebros, a saber: Kylo Ren, el líder supremo Snoke y el emperador Palpatine. Si nos ponemos a comparar, prácticamente tanto la trilogía original como ésta nueva giran en torno a dos tramas bastante parecidas, sustituimos a Rey por Luke y a la Primera Orden por el Imperio y la fórmula que funcionó hace años, ¿por qué no va a funcionar ahora? Una vez más Disney tira de lo que existe y trata de hacerlo propio.

Han sido esos dos hilos argumentales los que se cierran de forma… digamos que correcta, en esta tercera entrega, escrita a dos manos entre el propio Abrams y Chris Terrio, guionista de Argo (Ben Affleck, 2012), Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016) o Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017). Con los dos últimos títulos, podemos entender muchas cosas de El ascenso de Skywalker. Aunque la historia bebe de Colin Trevorrow y Derek Connolly, ambos responsables de Jurassic World (2015). Un elenco de guionistas que proceden, principalmente, del cine de aventuras, ¿qué podía salir mal?

En este tramo final, Rey y sus amigos se tendrán que enfrentar de nuevo a la Primera Orden, rebautizada ahora como Orden final. Deberán encontrar la localización del planeta Exegol, donde se supone, está su base principal.

Si con El despertar de la fuerza, Abrams echó mano de la “guía para contentar a un fan” aquí no parece habérsela dejado muy lejos, ya que vuelve a utilizar elementos de la trilogía clásica para elaborar una película cuya principal virtud es que resulta muy entretenida, pero hay un problema, no se molesta en ir mas allá, como lo intentó Rian Johnson con Los últimos Jedi (2017), eso sí, con resultados bastante poco afortunados. Era tan sencillo como coger escenas míticas de la trilogía original (rescate de Luke en Vespin, duelo de Luke y Vader con el emperador y batalla de fondo o charlas entre espectros Jedi y aprendices…)

Daisy Ridley

El ascenso de Skywalker es una montaña rusa de emociones para los personajes, envueltos en varios planetas, subtramas, pequeñas batallas… (la clásica estructura “videojuego”) todo un enorme montaje de cine de aventuras que es lo que a Abrams le gusta. Aquí poco o nada importan otras cosas, aunque se agradecen las pequeñas pincelas que, de vez en cuando, se sueltan sobre los personajes, y que nos da algo más de información.

Pero si hubiera que añadir algún “pero”, sería la forma en la que se utilizan ciertos elementos para que este enorme puzzle contente a todos y, lo más importante, ponga el punto y final a la época Skywalker, algo que Disney estaba deseosa de hacer para quitarse de en medio a los fans enloquecidos que cargaban contra cualquier decisión que tomase. Y no es precisamente un broche final perfecto, o al menos no como hubiera tenido que ser.

Y es que hay muchos elementos nuevos en esta película relacionados con el mundo Star Wars. Sí, se agradecen, pero la ausencia de su explicación o de su existencia previa resulta cuanto menos sospechosa. Un enorme truco para que todas las piezas encajen y la trama nos lleve hasta donde nos tiene que llevar. Es lícito sí, pero hacerlo de forma tan evidente resulta una enorme losa difícil de levantar.

Y como pasa en muchas películas de la saga, hay partes que no se cuentan bien, personajes que nada o poco aportan, otros a los que nos gustaría ver más o que nos contasen más. Es complicado hacer una película de este universo y contentar a todos.

Rey vuelve a ser el estandarte de la obra. Su evolución a lo largo de las dos anteriores película la deja el campo abierto para lucirse en las escenas de lucha o en el uso de los poderes Jedi, aquí con una presencia un tanto discreta. Los “nuevos” poderes que se sacan de la manga, no resultan muy acorde con lo que habíamos visto hasta ahora, pero son necesarios si queremos que ésto avance.

Una vez más Kylo Ren (aka Adam Driver) vuelve a ser el centro de casi todas las miradas. La construcción de su personaje, atormentado (a veces no sabemos muy bien por qué), lleno de ira, de tristeza y de ansias de poder, aquí toma giros inesperados, decisiones que descolocan… quizá la imagen tan poderosa que tenía empieza a diluirse ante ciertas… ¿ñoñerías?

Si en El despertar de la fuerza se tiraba de Harrison Ford y en Los últimos Jedi se tiraba de Mark Hammill, aquí nos topamos con Billy Dee Williams, interpretando al mítico Lando Calrissian, un personaje para el que echamos en falta mucha más presencia, más acción, aunque para eso tengamos el “spin-off” de Han Solo.

Y es que Abrams sabe perfectamente tocar la nostalgia, mezclarla con lo actual, utilizar su habilidad narrativa y unirlo todo en un ejercicio limpio, sencillo, quizá demasiado simplón, muy entretenido pero que no quiere ir mas allá (puede que Disney le haya puesto los límites). Podríamos haber visto una cinta algo más oscura, con la presencia Sith más poderosa (todo queda en una especie de ceremonia bastante torpe e infantil) y con alguna escena que pase a la historia.